sábado, 17 de agosto de 2013

Bendito el que viene en nombre del Señor


Las situaciones no vienen solas.

En un turno reciente me tocó seguir de fuente al Arzobispo de Guatemala, Óscar Julio Vian, para solicitarle declaraciones al finalizar su misa dominical en la Catedral Metropolitana. Ese domingo ofició la ceremonia el párroco Colmenares ¿y el arzobispo? En la tarde iría a realizar una visita pastoral a Santo Domingo Xenacoj.

El diablito y el angelito, típico de las caricaturas de Pato Donald, se aparecieron de repente. El primero decía: no está, ya no se pudo y se fregaron; el otro replicaba: mejor pregúntale a tu editor.
Le hice caso al último y mi editor inmediatamente me contestó lo que me temía: Andate a las tres a Santo Domingo Xenacoj.

Era la una de la tarde, me comí mi panito con frijoles con una taza de café y ¡para fuera!
De la mayoría de personas he oído comentarios tan acomodados como: ¡hasta allá! ¿y con esta lluvia?, mejor pidamos la información, ya no da tiempo, etc. El famoso diablito motivaba que esos mismos comentarios me dieran vueltas en la cabeza pero se disiparon al salir el Pedrito de 9 años al decir: ¿y porque no?

Junto con el conductor  llegamos a Santo Domingo Xenacoj, pasando por San Lucas Sacatepéquez, en aproximadamente una hora. Un policía municipal nos hizo el alto en la entrada para indicarnos que el “monseñor” llegará en pocos momentos.  Inmediatamente me bajé del carro para adentrarme dentro del municipio y buscar un buen lugar para tomar las fotos.

Es increíble pero dentro de la misma Guatemala parecemos turistas extranjeros. Los residentes de cada pueblo tienen sus distinciones y sus costumbres. Me sentí una persona muy diferente en un lugar tan bello.
Cada poblador vestía su ropa de domingo como la máxima celebración del año. Todos y cada uno se sentían orgullosos de ser de este pequeño municipio al tener en sus manos alguna  bandera blanca o amarilla.

Me ubiqué en una esquina tratando de no llamar la atención.  El ángel guardián siempre lo acompaña a uno pero en esta ocasión no solo hizo eso sino que le puso música a la ocasión. En ese momento del otro lado del parque se escuchó una canción católica que decía en su estribillo: Bendito el que viene en nombre del Señor…

Las campanas, el olor a pino, las bombas que explotaban a lo lejos – desde donde venia el arzobispo caminando – y una pequeña llovizna se combinaron con dos pequeñas lágrimas que me recordaron mis viajes de niño con mi familia al interior. Viajes que me hicieron apreciar una tortilla caliente en un descanso en la carretera.

Durante un suspiro platiqué con Dios. Agradecí darme el mejor trabajo del mundo, la mejor Embajadora Linda y la salud de mi Pequeño Gran Explorador.
Al terminar empecé a tomar fotos…



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